Últimamente he escuchado en un reconocido espacio radiofónico que “la de los 30 es una de las peores crisis a las que nos enfrentamos en la vida”. ¡Pues estamos bien!, por ahí tenemos que pasar todas las personas y mejor pasar que no llegar. Los argumentos aportados son claros así como fácilmente asumibles:
1 A los 30 años no somos ni demasiado mayores ni demasiado jóvenes.
2 Generalmente el banco participa de forma mayoritaria en la propiedad de nuestra vivienda y nuestros sueldos lejos de crecer se reducen ante un imparable incremento de los gastos asociados a la vida adulta.
3 Rara vez se han alcanzado los objetivos profesionales esperados.
4 Nuestra descendencia nos hace sentirnos demasiado mayores sin serlo o, si no tenemos, deseamos tenerla apresuradamente, siempre antes de una previsible decadencia fisiológica y/o gonadal.
5 Y una interminable lista de motivos por los que cualquiera desearía no llegar a la treintena.
Seguro que lo anterior es cierto pero además de esto debo decir que yo si he notado algunos cambios a lo largo de la progresión en la que inexorablemente me encuentro inmerso: he observado que el tiempo transcurre y lo hace, siempre que no decida detenerse: ¡a mi favor!; veintiocho tiende a treinta como los ríos van al mar (que ya lo decía Jorge Manrique) y no seré yo quien intente invertir el orden; el pelo comienza a clarear en una creciente frente que pronto llegará hasta la nuca gracias a la cuchilla y algunos otros cambios que en realidad no me preocupan demasiado. Existe una variación en mí que me inquieta un poco, pero a la que pienso poner remedio, esta consiste en que durante algún momento en los pasados veintisiete años he dejado de contestar que “tengo 17 para 18” si alguien me pregunta y seguro que se debe a que el incremento de la cifra se ha convertido en una amenaza que he percibido de forma errónea sin ser consciente de que seguir viviendo y crecer posee incontables ventajas. Desde este mismo momento contestaré que “tengo 28 para 30” y lo haré con una sonrisa en la boca.
No se cuales serán los motivos, pero este año por primera vez no siento la presión de la cercanía del día en que anualmente se celebra mi nacimiento (convencionalmente llamado cumpleaños), supongo que estoy comenzando a madurar pues me encuentro más cerca de los treinta que de los veinte y además, aunque parezca una locura, me alegro de aproximarme a mi personal crisis para la que, según la versión oficial, aún he de esperar dos años pero yo quiero comenzar a disfrutarla desde este momento.
